Me enamoré de la fotografía cuando era niña. Solo tuve que esperar 40 años para volver a ella.
Durante mucho tiempo pensé cuándo había comenzado realmente mi historia como fotógrafa. ¿En 2024, cuando me apunté a mi primer curso de fotografía? ¿Cuando compré una cámara profesional? ¿Cuando llegaron mis primeros clientes? No. Mi historia comenzó mucho antes. En el pequeño cuarto de baño del apartamento de mis padres. Mi padre era un apasionado de la fotografía. En aquella época la fotografía era completamente diferente. No había teléfonos móviles. No existía el botón de “eliminar”. No podías hacer cientos de fotos en unos minutos. Había carretes. Había paciencia. Y había magia. Recuerdo cómo entrábamos juntos al baño y cerrábamos la puerta con cuidado. No podía entrar ni un solo rayo de luz. Recuerdo la manga negra donde mi padre trabajaba con los negativos. Recuerdo el olor de los productos químicos. Y recuerdo cómo, poco a poco, una imagen empezaba a aparecer sobre un papel blanco. Para algunas personas era un proceso técnico. Para mí era un milagro. Me quedaba a su lado observando cómo nacían rostros, sonrisas y recuerdos. A veces pienso que mi padre ni siquiera imaginaba que no solo me estaba enseñando fotografía. Me estaba mostrando mi futuro. Simplemente ninguno de los dos lo sabía todavía. Creo que fue entonces cuando me enamoré de la fotografía. Solo que aún no sabía que la vida me pediría esperar casi cuarenta años para volver a ella.
En 2001 dejé Ucrania. Como muchas mujeres, no me fui persiguiendo un sueño. Me fui buscando un futuro. Una oportunidad de trabajar. La posibilidad de ofrecer una vida mejor a mi hija. Lo más difícil no fue aprender un nuevo idioma. Ni encontrar trabajo. Lo más difícil fue dejar en casa a mi hija de tres años. Hay decisiones que permanecen contigo para siempre. Incluso cuando sabes que en aquel momento no había otra opción. Después llegaron los años. Muchos años. Portugal. El regreso. El divorcio. España. Una nueva familia. El nacimiento de mi segunda hija. La crisis económica. El trabajo. Las responsabilidades. La necesidad constante de ser fuerte. Trabajé limpiando casas durante años. Y hoy no me avergüenzo de ello. Al contrario. Me siento orgullosa de haber resistido. De haber sacado adelante a mis hijas. De no haberme rendido. Pero entre el trabajo, las facturas, las responsabilidades y la vida diaria, poco a poco puse un punto final sobre mí misma. No ocurrió de un día para otro. Ni fue una decisión consciente. Simplemente sucedió.
Año tras año. Sentía que mi vida ya estaba escrita. Que mi misión era cuidar de los demás. Y que mis propios deseos podían esperar. En 2009 compré una cámara. Recuerdo perfectamente cómo la sostuve entre mis manos. Pensé que algún día aprendería a fotografiar. Pero la cámara terminó guardada en un armario. Durante quince años. Hubo años en los que ni siquiera la abrí. No porque hubiera dejado de amar la fotografía. Sino porque la vida me enseñó a colocar mis sueños al final de la lista. Primero las hijas. Después el trabajo. Luego las facturas. Después la familia. Y yo... cuando sobrara tiempo.
Con el paso de los años descubrí algo. El tiempo nunca aparece por sí solo. Yo siempre me decía: más adelante. Cuando todo esté más tranquilo. Cuando tenga tiempo. Cuando sea más fácil. Más adelante. Hasta que un día me di cuenta de que ya no recordaba cuándo había hecho algo únicamente porque yo quería hacerlo. No porque fuera necesario. No porque fuera correcto. No porque alguien lo esperara de mí. Simplemente porque me hacía feliz. Y eso me asustó. No mi edad. No el futuro. Me asustó pensar que podía pasar toda una vida sin volver a encontrarme con aquella niña que observaba fascinada cómo aparecían fotografías sobre un papel blanco.
En 2024 una amiga me dijo: — Natalia, ¿por qué no lo intentas? Para cualquiera habría sido una frase sencilla. Para mí fue una puerta que se abrió. Comencé a estudiar fotografía con Sonia Smuk. Más tarde continué mi formación en la escuela de Aleksandr Slyadnev. Tenía miedo. Empezar una nueva profesión después de los cincuenta no es fácil. Piensas que has llegado tarde. Que todos son más jóvenes. Que tu oportunidad ya pasó. Pero allí comprendí algo importante. No estaba empezando algo nuevo. Estaba regresando al lugar donde todo había comenzado. A aquella niña. A la ilusión. A la magia. A mí misma.
Hoy tengo 53 años. La gente ve a una fotógrafa. Yo veo un camino que ha durado toda una vida. Un camino que empezó en un pequeño cuarto de baño donde las fotografías aparecían lentamente sobre un papel blanco y que hoy me permite crear recuerdos para otras personas. Cuando sostengo mi cámara entre las manos, pienso a menudo en aquella niña. La que creía en la magia. La que soñaba sin saberlo. Han pasado muchos años. Muchos países. Muchas pérdidas. Mucho trabajo. Muchos momentos en los que parecía que la vida era más importante que los sueños. Pero el milagro ocurrió.
— Nataly a Plesh
*No tengo fotografías de aquella niña observando a su padre revelar imágenes. Se quedaron en Ucrania. Pero todavía la recuerdo perfectamente.*