Lo mAs valioso nunca hace ruido.
Una historia sobre el tiempo, los recuerdos y las emociones que una fotografia puede conservar.
La niña corría descalza por la orilla. El mar llegaba hasta sus tobillos y volvía a retirarse dejando dibujos en la arena. Corría sin mirar atrás. Como corren los niños cuando creen que el verano va a durar para siempre. Su abuelo caminaba unos pasos detrás.
Más despacio. Sonriendo. A veces ella volvía corriendo para tomarle la mano. A veces se escapaba otra vez. Y los dos reían. Yo estaba allí. Con la cámara colgada al hombro. Pero durante unos segundos no fotografié nada. Miraba. El viento movía el vestido de la niña. Ella tiraba de la mano de su abuelo. El fingía que podía seguirle el ritmo. Y ella le creía. Levanté la cámara. Hice una fotografía.
Solo una. Y la niña siguió corriendo. Tiempo después supe que aquel abuelo ya no estaba. Volví a buscar aquella fotografía. La observé durante mucho tiempo. Y por primera vez comprendí lo que aquella imagen guardaba. Escuché otra vez aquella risa. Vi aquella pequeña mano buscando la suya.
Sentí el viento. La luz. La tarde. Todo seguía allí.
Recuerdo que me quedé mirando aquella fotografía mucho más tiempo de lo normal.
No porque fuera perfecta. Ni porque fuera la mejor que había hecho. Me quedé mirándola porque entendí algo que nunca me había planteado. Nunca sé cuál será la fotografía más importante de una sesión. Nunca. A 
veces no es la más bonita. Ni la más artística. Ni la que termina enmarcada en una pared. A veces es una imagen sencilla. Tan sencilla que casi pasa desapercibida. Hasta que un día se convierte en un tesoro.
Desde entonces, cada vez que estoy detrás de una cámara, espero. No  busco una pose.
No busco una sonrisa perfecta.  Espero.
Una madre apartando el cabello del rostro de su hija.
Un niño escondiéndose detrás de las piernas de su padre.
Una pareja que deja de mirar la cámara y empieza a mirarse entre sí.
Una carcajada que nadie había planeado.
Nunca sé cuándo ocurrirá. Pero siempre llega. Ese instante en el que las personas olvidan que estoy allí. Entonces bajo la cámara unos segundos.
Y observo.
La luz.,Las miradas. Los silencios. Porque he aprendido algo. Lo más valioso casi nunca hace ruido. Nadie sabe cuándo está viviendo un momento que algún día echará de menos.
Nadie. Los niños crecen. Las estaciones cambian. Las casas se vacían. Las voces se vuelven recuerdos. La vida sigue adelante. Y, de vez en cuando, una fotografía nos devuelve algo que creíamos perdido. No para quedarnos allí. Solo para volver a sentirlo durante un instante.
Quizás todavía no he hecho la fotografía más importante de mi vida. Quizás suceda mañana.
Quizás sea una madre abrazando a su hijo. Una pareja mirándose en silencio. O una niña corriendo por la playa. No lo sé.
Y creo que ahí está la parte más hermosa de mi trabajo. Las personas creen que me contratan para hacer fotografías. Pero yo siento que me están confiando algo mucho más frágil.
Un instante de su vida que jamás volverá a repetirse de la misma manera. Poreso sigo levantando la cámara. Porque las emociones pasan. Los momentos pasan. La vida pasa.
Y, a veces, una fotografía es lo único que queda para volver a sentirla.

Natalia Plesh.
Back to Top